Salió dando un portazo y
refunfuñando cosas incomprensibles que parecían no tener sentido alguno. Estaba
desesperado. Tan solo le faltaban unas pocas páginas para terminar su novela y
los malditos ruidos no le dejaban pensar. Sus ágiles dedos se negaban a teclear
ni una sola palabra más entre tanto alboroto. Por un lado la vecina fingía a
voz en grito mientras su novio hacía resonar el somier y lanzaba un alarido
similar al que daría un jabalí al que acaban de disparar. Los críos en la calle
gritaban sin cesar mientras jugaban quebrantando la paz del silencio. Los
coches en el exterior rugían constantemente desesperándole por no poder
encontrar la quietud que necesitaba en esos últimos párrafos.