La vida se acababa. Por lo menos para mí. Rodeado de aquella
gente de aspecto mugriento y cara de pocos amigos, espero mi muerte como un reo
ante un pelotón callejero de fusilamiento. Desnudo, intentando ocultar las
escamas de mi brazo, contemplo el resto de mi pálido cuerpo en busca de algunas
otras señales de mutación. Algunas de sus caras muestran asco, y varios de
ellos señalan con el dedo algo en mi cuerpo. Giro el brazo para tocarme la
espalda y puedo palpar algo viscoso y detestable que ha empezado a surgirme en
el centro de la ella. Sin poder verlo, siento que debe de parecerse a algo como
una aleta de pez. Estoy perdido.